Entre tradición y farmacología moderna

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¿Y si no hemos entendido bien a las plantas medicinales?

Entre la tradición y la farmacología moderna hay una distancia que quizá explique por qué muchas plantas no despliegan todo su potencial.

Es tarde. Sobre la mesa de la cocina, una taza de infusión deja subir lentamente el vapor. Dos amigas beben la misma mezcla, de la misma caja, con la misma esperanza: relajarse por fin.

Una empieza a sentir sueño y se duerme poco después. La otra sigue despierta una hora más tarde, preguntándose si quizá tomó demasiado poco… o demasiado.

La escena resulta familiar. La manzanilla parece aliviar algunos estómagos, mientras que en otras personas pasa casi desapercibida. La lavanda puede sentirse relajante, pero no todo el mundo la percibe igual. El jengibre suele asociarse con una sensación de calor y apoyo digestivo, aunque en personas sensibles puede resultar demasiado intenso.

Desde una mirada moderna, esta variabilidad se interpreta fácilmente como falta de fiabilidad. Si una planta no produce el mismo efecto en todos, entonces parece menos precisa, menos potente o menos seria que un medicamento convencional.

Pero ¿y si esa variabilidad no fuera solo un defecto? ¿Y si fuera una pista?

Tal vez muchas plantas medicinales no fallan simplemente porque sean débiles o imprecisas. Tal vez fallan o parecen fallar, porque las hemos obligado a encajar en un modelo demasiado estrecho: el del medicamento natural simplificado.

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Hoy hablamos de plantas medicinales con un vocabulario profundamente marcado por la farmacología moderna. Buscamos el principio activo, el compuesto responsable, el marcador químico, la dosis estandarizada y el efecto esperado.

Esa forma de mirar ha sido enormemente útil. Permite estudiar la seguridad, detectar interacciones, controlar la calidad y comparar resultados. Gracias a ella sabemos mucho más sobre toxicidad, metabolismo, mecanismos de acción y riesgos reales de muchas sustancias naturales.

El problema aparece cuando esta perspectiva se convierte en la única posible. Entonces la planta empieza a parecer un medicamento impreciso: demasiados componentes, demasiada variación, demasiada dependencia del origen, del procesamiento y del modo de empleo.

La pregunta moderna suele ser: ¿qué contiene esta planta?

La pregunta tradicional, en cambio, era más amplia: ¿cómo debe usarse, en qué situación tiene sentido y en qué no?

Esa diferencia lo cambia casi todo.

2. Lo que la tradición observaba

En muchas prácticas tradicionales, una planta no era simplemente “para dormir”, “para los nervios” o “para la digestión”. Su sentido nacía del uso concreto: forma de preparación, cantidad, momento, duración y condición de quien la recibía.

Una infusión suave de melisa por la noche no propone lo mismo que un extracto concentrado en cápsulas. Una breve preparación de jengibre después de una comida pesada pertenece a otra lógica que el jengibre diario, en ayunas y a dosis altas. Incluso con plantas conocidas como la salvia, la valeriana, la menta piperita o la lavanda, el modo de empleo puede cambiar mucho la experiencia.

Para muchas tradiciones, la planta no era una sustancia aislada. Su sentido terapéutico nacía de una manera concreta de prepararla y emplearla.

No bastaba con nombrar la especie. Importaban la parte utilizada, el lugar y el momento de recolección, el secado, el almacenamiento, la cantidad, la preparación, la duración del uso y la condición de la persona que la recibía. La planta no actuaba como una entidad abstracta, sino como un preparado situado dentro de una situación concreta.

Además, muchas plantas no se empleaban solas, sino en mezclas. Una especie podía aportar la dirección principal, otra suavizar el efecto, otra acompañar la digestión o mejorar la tolerancia del conjunto. Vista desde fuera, una mezcla vegetal podía parecer una simple suma de ingredientes; dentro de una lógica tradicional, podía funcionar como una composición.

Esto no significa que la tradición tuviera siempre razón. Significa algo más modesto: muchas tradiciones prestaban atención a la variación. No veían solo una planta frente a un síntoma, sino una relación entre un uso concreto y una persona concreta.

3. Lo que la ciencia moderna ve con claridad

La farmacología moderna ha logrado algo extraordinario: identificar moléculas activas, describir mecanismos, calcular dosis, vigilar riesgos y producir tratamientos reproducibles. Sería absurdo despreciar esa conquista. Es una de las grandes fortalezas de la medicina contemporánea.

Pero con plantas enteras y extractos complejos aparece una tensión. La investigación moderna es especialmente eficaz cuando puede estudiar una sustancia concreta, un mecanismo definido y un efecto medible. Muchos productos vegetales, en cambio, son conjuntos complejos cuya proporción, solubilidad, absorción y transformación en el organismo también influyen en la respuesta.

Por eso, estudiar una planta solo a través de unos pocos marcadores químicos puede ser útil, pero no siempre suficiente: caracteriza el producto, no necesariamente su comportamiento en un organismo concreto.

La ciencia moderna puede medir cada vez mejor lo que hay dentro de una planta. La pregunta pendiente es si también estamos aprendiendo a comprender lo que ese preparado produce en el cuerpo.

4. El punto de giro: el encuentro

Quizá el efecto de una planta medicinal no esté solo en la planta, sino en el encuentro entre un preparado vegetal complejo y un organismo que nunca parte de cero.

Esta idea cambia el marco. No existe simplemente “planta → efecto”. Existe una preparación que entra en un cuerpo que ya está regulando, compensando y reaccionando: cansado, tenso, inflamado, irritable, sobrecargado o metabólicamente desordenado.

El organismo no es un recipiente vacío. Tiene una historia, un ritmo, una sensibilidad y un punto de partida.

Por eso una misma planta puede vivirse de maneras distintas. La valeriana puede parecer adecuada para alguien con inquietud interna por la noche, mientras que otra persona apenas nota nada. La menta piperita puede resultar agradable después de una comida pesada, pero no encajar en todas las situaciones digestivas.

El punto de partida modifica la respuesta.

Esto no vuelve a las plantas misteriosas ni mágicas. Al contrario: invita a estudiarlas mejor, preguntando qué tipo de respuesta pueden favorecer, cuándo y en quién. 

5. Cuando la variabilidad es una pista

Cuando una planta funciona en una persona y no en otra, solemos concluir que su efecto es débil o poco fiable. A veces puede ser cierto: hay usos exagerados, productos de mala calidad, dosis mal planteadas y promesas que no se sostienen.

Pero también puede ocurrir otra cosa: que no hayamos identificado bien las condiciones en las que esa planta tiene sentido.

Lo que a veces llamamos falta de eficacia podría ser, en realidad, falta de ajuste.

Una infusión de manzanilla después de una cena abundante no es lo mismo que un extracto estandarizado tomado por la mañana entre dos reuniones. El aroma de lavanda en el dormitorio no equivale a una cápsula de aceite de lavanda.

Son diferencias que parecen pequeñas. Pero pueden decidir si una planta se percibe como adecuada, ineficaz o incluso incómoda.

Quizá la variabilidad no sea siempre un obstáculo, sino una señal: muchas plantas necesitan entenderse no solo como productos, sino como usos que dependen de la persona, del momento y de cómo llegan al organismo.

6. La trampa del marcador

Un marcador químico tranquiliza: convierte una planta en un número que parece ordenar la complejidad. “Estandarizado al 5 % de un compuesto marcador” suena preciso, controlado y comparable. Y eso es necesario. Sin controles químicos, el mundo de las plantas medicinales queda expuesto a confusiones, adulteraciones y dosis imprevisibles.

Pero un marcador no siempre captura una respuesta.

Dos extractos pueden parecer equivalentes porque contienen cantidades similares de un compuesto de referencia. Sin embargo, el resto de la composición puede ser muy distinto: cambian las proporciones internas, los compuestos acompañantes, el método de extracción y la forma en que todo eso llega al organismo.

Además, una planta medicinal empieza en un ecosistema. Suelo, clima, estrés ambiental, época de cosecha, secado y procesamiento pueden modificar su composición antes de que llegue a ser infusión, extracto o cápsula.

Estandarizar lo que una planta contiene no garantiza comprender lo que ese preparado hace.

La pregunta decisiva no es solo si dos extractos se parecen en el laboratorio, sino si producen una respuesta funcional comparable en personas concretas.

7. No volver al pasado, sino preguntar mejor

La salida no está en idealizar la tradición ni en rechazar la ciencia, sino en desarrollar una mirada más completa sobre cómo actúan las plantas medicinales.

La tradición puede recordarnos que importan el modo de empleo, el momento, el origen, la combinación y la condición de la persona. La ciencia puede comprobar qué es seguro, plausible y reproducible.

Pero el verdadero avance no consiste solo en añadir más variables —preparación, dosis, origen, persona o contexto— a los estudios. Consiste en entender cuándo esas variables dejan de ser detalles secundarios y pasan a formar parte de cómo se produce la respuesta.

Eso no convierte automáticamente a las plantas en eficaces. Pero sí puede hacer más inteligente nuestra forma de estudiarlas y usarlas.

Y también exige prudencia. Natural no significa seguro para todo el mundo: algunas plantas pueden interactuar con medicamentos, no ser adecuadas durante el embarazo o causar efectos no deseados.

Precisamente por eso necesitamos más precisión, no menos.

Comprender mejor el contexto no es una invitación a usar plantas sin criterio, sino a hacerlo con más rigor.

8. De la sustancia a la relación

Tal vez el error haya sido querer convertir las plantas medicinales en medicamentos naturales simplificados.

Pero una planta no es un principio activo con hojas alrededor. Es un preparado vegetal complejo, transformado por el uso y recibido por un organismo que nunca parte de cero.

Quizá por eso la pregunta decisiva ya no sea “¿para qué sirve esta planta?”, sino algo más preciso:

¿Qué preparación, para qué estado del organismo y en qué situación puede producir la respuesta adecuada?

Ahí empieza el cambio: dejar de buscar solo una sustancia y empezar a comprender una relación.

Una forma más precisa, más rigurosa y más realista.

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